8 de enero, el rescate

¡Salió el sol!

El día 8 amanecía sin viento y con un cielo azul radiante. Había que aprovechar para ir a rescatar a las vacas que estaban en la Canaleja. Tomé un desayuno consistente, me abrigué bien, y planeamos la salida. Mi padre llamó a Manolo para que fuera con él, pero este ya había quedado con Óscar para ir a por las vacas de Perico que estaban en los Bonales, relativamente cerca de donde teníamos que ir nosotros. Fuimos los cuatro juntos; los que ya conocéis el pueblo sabéis que desde que sales de prácticamente cualquier casa empiezas a subir porque todo es cuesta arriba. Pues imagínate esas cuestas con nieve, ¡una paliza!

Si pincháis sobre las fotos que voy poniendo se abren en galería. Si os dais cuenta, en la segunda debiera aparecer el pilón a la derecha, pero estaba totalmente cubierto por la nieve.

En el camino de la Garganta íbamos por la pared de piedra de la izquierda porque estaba impracticable. A nuestra expedición se unió Carlos (el de Prude) ya que tenía que ir a buscar a sus yeguas. Al llegar al Collado, la vista era un espectáculo, un paisaje precioso con el Cuchillo y Peña Cabrera totalmente blancos.

-Olivia, vete a casa.- Dijo mi padre.

-Que no. – Contesté yo.

-Me cago en …!!

Empezamos a bajar por el camino y tuvimos suerte porque había una pequeña vereda hasta el Bardal. Una vez allí, Manolo se fue para las vacas de Perico y mi padre, pala en mano abriendo camino, y yo continuamos. Al llegar al arroyo de los Altaeros tuve un momento crítico pues metí la pierna en tal ventisquero que me llegó la nieve hasta la cadera, intentaba sacarla y no podía, ni siquiera dejando la bota enterrada podía subir la pierna. Acabé medio tirada encima de la nieve como “nadando” para hacer un hueco grande y salir. En ese momento Carlos nos alcanzó, ya había visto a lo lejos a sus yeguas y continuó un tramo con nosotros, haciendo camino con la pala.

-¡Ay qué triste! – Exclamaba Carlos.

-Anda, coge la pala y quita un poco de nieve.- Le dijo mi padre.

-Aquí nos quedamos, ya no avanzamos.- Dijo Carlos.

-Tenemos una pala, no nos vamos a quedar atrapados Carlos.- Contesté yo.

Pincha en las foto para verlas en grande.

Esa es la cara de Carlos y mi padre mirando a las yeguas a lo lejos, quedaba bastante camino y nos volvimos a separar. Le dijimos que cuando cogiera a su yegua que bajara por nuestro prado y gracias que así lo hizo, porque para nuestra sorpresa había más nieve según nos acercábamos que en la parte anterior.

Instinto, supervivencia, el cansancio empezaba a hacer mella. Son 3,5 km andando sobre la nieve, el esfuerzo se multiplica, los pies se enfrían, tienes sed porque aunque hace frío tu cuerpo va a haciendo ejercicio. Hay que seguir, si no llegas tú, nadie va a ir a por esos animales, no va a derretir en un día, están sin comer, sin beber, por eso no piensas en tu fragilidad, solo en llegar.

¡Por fin estábamos a las puertas del prado!

No se veía la pared, estaba totalmente cubierta por la nieve. Menos mal que Carlos llegó con la campeona de su yegua y tomó la cabeza de la expedición abriendo camino prado a través hasta llegar a las vacas (a las que ni veíamos ni oíamos desde la pared). Yo me quedé en la puerta que había abierto mi padre tirando unas piedras porque claro, no encontrábamos el portillo para entrar. Me quité la bota izquierda para coger mi calcetín empapado, aunque llevaba botas de agua y pantalón impermeable me había calado. No sentía el pie. Cinco minutos después ya vi a las vacas venir hacia la puerta, un sentimiento de alegría me inundó. Había que volver, ya estaba chupado.

-Ha nacido una becerra. Mírala qué lista.- Dijo mi padre

Para nuestra sorpresa una de las vacas había parido, le tocaba para febrero pero se adelantó y la fuerza de la naturaleza hizo que sobreviviera a las condiciones adversas de la nevada.

En cuanto llegaron a un pequeño arroyo que no estaba cubierto por la nieve, las vacas bebieron agua, tenían mucha sed. Pero ya íbamos por la mitad del camino, llegó la hora de adelantarme e irme al pueblo porque mi primo había encontrado un coche para volver a Madrid. Me despedí de mi padre y aceleré el paso.

Llegué a las Cervigueras y avisté a un hombre, era Deme que me esperó para ir juntos por el camino. Quería ir rápida, pero ya estaba cansadísima subiendo la cuesta y pensando que en media hora tenía que estar en la plaza porque Paquito y Belén me estaban esperando para llevarme a Madrid.

-Voy sudando- Dije a Deme.

-Piensa que esto te viene muy bien para quemar el roscón de Reyes.-

Belén y Paquito fueron mis rescatadores y me llevaron hasta la puerta de la casa de Madrid. Muchas gracias. Podemos ver el coche de Chus y Kike que iban con mi primo Carlos. Dejamos atrás una magnífica vista del Pico Zapatero totalmente blanco.

Se acabó la aventura de la nevada de enero de 2018. ¿Qué os puedo decir? Que año de nieves año de bienes. Espero que esta nevada sirva para mantener el agua de la Garganta y de las fuentes que a finales de diciembre escaseaba por la tremenda sequía. Quince días después aún había nieve como podéis ver en esta foto:

3 comentarios sobre “8 de enero, el rescate

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s