Aventuras en Navandri recomienda la película Lo que arde

Querido navandrileño, permíteme escribir este post que nada tiene que ver con nuestro pueblo, pero que si eres amante de lo rural, enseguida te vas a dar cuenta de que hay una gran conexión.

El pasado miércoles el navandrileño Carlos (el de Margarita y Pascual) y quien escribe estas líneas, acudimos al cine a ver la obra maestra Lo que arde dirigida por Oliver Laxe. Una película que describe la belleza de lo rural con una imagen preciosa y perfecta, respetando su esencia al milímetro.

No quiero hablar de la película, aunque haré una pequeña sinopsis para quien no la conozca, simplemente quiero plasmar las sensaciones que me transmitió y los paralelismos con nuestra vida en Navandrinal.

Amador es un pirómano que acaba de salir de la cárcel y vuelve a casa de su madre situada en una aldea entre las montañas gallegas. Ella es muy mayor y vive sola aunque acompañada por sus tres vacas y su perra Luna. La película narra el día a día de ambos y los vecinos cercanos hasta que de repente se produce un nuevo incendio arrasador.

¿Qué relación hay entre Lo que arde y Navandrinal?

Ninguna. Ni si quiera las montañas se parecen a las nuestras. La película tiene una gran belleza visual, los paisajes que muestra, sus bosques, sus prados verdes son un regalo para la vista. Es curioso como hace el recorrido por las diferentes estaciones desde el otoño al verano.

Cuando Amador vuelve a casa, su madre está en el huerto y al verle no hace ningún gesto de alegría, ni una muestra de cariño. Eso me recuerda al pueblo, a la gente mayor de antes, a esos abuelos impenetrables que nunca llegaron a mostrar sus sentimientos por miedo a perder su virilidad o vete tú a saber qué pensarían. Lo relacioné con nuestra gente, ahora somos más expresivos, pero todavía tenemos un gen incrustado que nos hace ser un poco siesos.

Amador retoma su vida cotidiana, se oye el  motor de su coche acelerado por su madre al volante y se le ve revisando todo con el capó abierto. Ese sonido es el de la Citroën C15 de Jesusín. ¡Lo único que cambia es el color! ¿Cuántas veces hemos escuchado pasar ese coche por el pueblo? Ya se ha convertido en algo único aunque me parece que Dimas sigue conduciendo el suyo.

Hijo y madre van en coche al cementerio. En el recorrido me llamó la atención un plano de las ceguinas * que apenas dejan ver bien la carretera serpenteante de montaña. Asisten a un entierro y se aprecia el contraste entre la tristeza y la alegría, como bien subrayaba Carlos, cuando la viuda habla con la madre de Amador. Al volver, un vecino pronuncia esa frase que varias veces hemos oído en el pueblo algo así como “se fue al hospital para dos días y mira”. Un película tan real como la vida misma. La ausencia de hospitales en las zonas rurales es un hecho, nosotros todavía tenemos suerte de que el de Ávila se encuentre a 40 kilómetros.

Tres vacas muy mansas y una veterinaria

Y bueno, obviamente hay vacas, de ahí que lo relacionase ya que este blog es cow-friendly. Me he enamorado de la vaca Careta, pero las tres y la cría que sale son adorables y super mansas, ya me gustaría a mí tan solo tener una vaca así. El plano de la madre dando de comer heno a la vaca con la mano es maravilloso, tierno y cariñoso. Parece que la vaca está dando besos a la anciana.

Lo que arde

Como hay vacas aparece una veterinaria rural que me recuerda a nuestra querida Marisol cuando va a los partos de las vacas.  La conversación en el coche entre Amador y la veterinaria trata sobre la emigración de los gallegos porque en las zonas rurales es muy difícil vivir, de ahí “la España vaciada”. De hecho, en nuestro pueblo viven un montón de mujeres gallegas como son Nieves, Avelina, Adela, Obdulia, Ramona, Estrella…  Y de nuestro pueblo se fueron muchos a Francia o Alemania. Ella explica que su familia emigró y que ella como quería vivir en el campo estudió veterinaria. A lo que Amador le contesta: “para vivir en el campo no hace falta estudiar una carrera”. Al mismo tiempo suena la canción Suzanne de Leonard Cohen -detectada a la primera por el oído exquisito de Carlos- y ella le pregunta que si le gusta la canción y Amador dice que sí pero que no entiende la letra y ella muy fina le contesta algo así como “para que te guste la música no hace falta entender la letra”. No hace falta entender ni comprender todo lo que nos gusta, tenemos que aprender a disfrutar cada momento sin necesidad de analizarlo.

Hablando de música, esta película se oye. Recoge unos sonidos tan representativos que parece que estamos escuchando nuestro pueblo con los cencerros, el canto del gallo, el sonido del viendo, de la lluvia, de Luna (la perra), el motor del coche, los árboles cayéndose y las máquinas de la escena del principio… Pongo puntos suspensivos porque describir el sonido y la cuidada música que aparece me ocuparía todo el post.

Llega el fuego

Aunque parezca sorprendente es una película que huele. Sí, huele a moñigas* cuando Amador limpia el pajar, huele a pan tostado cuando los dos se sientan cerca de la cocina, huele a café cuando Amador le da un vaso a su madre y ella le dice que si se ha equivocado que está muy amargo y parece que no ha echado la miel. Y sobre todo, huele a fuego. Porque el fuego huelo, el humo huele y la madre se acerca a la ventana en un plano fantástico que aguanta en la pantalla y te hace respirar a la vez que ella el olor a quemado.

Ya conocéis mi respeto hacia el fuego desde el incendio en nuestro pueblo y verlo en la gran pantalla es estremecedor. Aún así Oliver Laxe ha creado una imagen bella de las llamas de la destrucción en medio de la oscuridad de la noche.

Aparecen dos bomberos jóvenes encargados de evacuar a los vecinos de la zona y es durísima la escena en la que se ve a en un anciano en la puerta de su casa aferrándose a una pequeña manguera regando su propiedad. Qué duro es dejar tu casa a merced de los fenómenos de la naturaleza tanto como si es una inundación o como si se debe a la catástrofe que se avecina tras las llamas. Uno de los bomberos revisa las casas por dentro para no dejarse a nadie y al entrar a una cocina están dos cabras y en el suelo aparece una fotografía en blanco y negro medio roída de una familia. Para mí, Laxe consigue dar un valor a la fotografía y reivindicar el papel de las fotos (y las fotos en papel) con ese plano frente ahora que no valen nada, que se queman a los cinco segundos de verlas.

Termina mostrándonos un panorama desolador, el monte negro con las cenizas y al final aparece un potro frente a la cuadrilla de bomberos frustrados por no tener los medios suficientes para haber controlado el incendio. Uno de ellos exclama: “¡Pobre animal!” La misma frase que hubiéramos dicho nosotros al verlo quemado y desorientado. Un final que describe la impotencia que se genera frente al fuego. ¿Quién lo prendió? ¿Cómo se previene un incendio? ¿Las cuadrillas disponen de suficientes medios para atajar los fuegos?

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